Era evidente. Este primer artículo se lo tenía que dedicar a ella. Habrá más librerías, muchas más, conocidas y desconocidas para los lectores, pero libreras con Sylvia merecen ocupar un lugar privilegiado.
En los últimos años, no son pocos los escritores que han decidido darle a Sylvia Beach el protagonismo que siempre mereció en sus novelas o libros de ensayo. Pero tal y como describió Andrea Weiss en París era mujer, nombres como Gertrude Stein, Colette, Djuna Barnes, la editora Alice Toklas o las libreras, Adrienne Monnier y Sylvia Beach no trascendieron tanto como los de escritores, pintores o fotógrafos que marcaron una época.
En cualquier conversación literaria que se precie hay decenas de argumentos para mencionar a Beach, algo que sucede al hablar de Ulises, obra magistral de James Joyce. En su última novela La librera de París (Navona ediciones), Kerri Maher relata el juicio que se elebró con motivo de la publicación de esta novela y su consiguiente prohibición -por considerarse obscena- de la monumental obra de Joyce, y nos cuenta el importante papel que ejerció la librera para que esta viera la luz.
La editorial Trama rescató del olvido Shakespeare and Company, las memorias hasta ahora descatalogadas de Sylvia Beach, y las devolvió a los escaparates de las librerías para que los lectores descubrieran a la librera que tanto influyó en el mundo literario. Fue uno de los libros más vendidos en la historia de la librería Amapolas en octubre.
Sylvia Beach nació en Baltimore en el año 1887, vivió una larga temporada en París junto con su familia y después de pasar unos años en Estados Unidos, decidió mudarse a la ciudad de la luz con su hermana Cynthia, una actriz de películas que perseguía su sueño de ser cantante de ópera. La belleza y espontaneidad de Cynthia la convertían en el centro de atención de cualquier reunión, algo que le sirvió a una enamorada de la literatura como Sylvia para conocer a escritores. Cierto día, la futura librera se interesó por un ejemplar que solo podría encontrar en la librería de A. Monnier en la rue de l’Odeon y, ataviada con una capa española, se dirigió a la calle en la empezó a escribirse su leyenda. Y “durante los últimos meses de la guerra, mientras los cañones retumbaban cada vez más cerca de París”, Sylvia y Adrienne pasaron mucho tiempo juntas en la “pequeña librería gris”, La Maison des Amis des Livres, a la que acudían autores franceses y donde Erik Satie improvisaba un concierto en una tarde cualquiera. La historia de amor entre dos de las mujeres que influyeron en la historia de un París aún sigue latiendo en la orilla izquierda del Sena.
El sueño de Sylvia de tener una librería propia se convirtió en una obsesión, valoraba la idea de abrir una sucursal de la de Adrienne en Nueva York, para ayudar a que sus amigos franceses fueran conocidos en Estados Unidos. Pero se decidió por abrir una en la ciudad donde se pudieran encontrar títulos en inglés. Sylvia le pidió a su madre que le enviara dinero y algunos ejemplares de la librería que tenían en casa, entre los que incluyó alguna de las hojas manuscritas por Walt Whitman que pertenecían a la familia, y después viajó a Londres para hacer acopio de libros. El nombre de Shakespeare and Company se le ocurrió durante una noche insomne. El negocio inició su andadura como una librería de préstamo de libros, cuyas fichas aún se conservan y entre las que se pueden encontrar nombres como el de Hemingway o Stein. El 19 de noviembre de 1919, Shakespeare and Company abrió sus puertas.
Es imposible hablar de Beach sin mencionar a Hemingway. Como si del cuento de Monterroso se tratara, cuando Ernest llegó a París, Sylvia ya estaba allí. Tal y como cuenta en sus memorias, Sherwood Anderson le envió una misiva para presentarle a su amigo Hemingway y a su mujer cuando se trasladaron a París. Tiempo después el propio Ernest se nombró a sí mismo el "mejor cliente" de Shakespeare and Company, a quien le dedicó el capítulo número 4 de París era una fiesta, su libro publicado póstumamente y en el que narra sus felices años veinte junto con amigos como Ezra Pound o Scott Fitzgerald. La presencia de Pound en la vida de Sylvia es tan curiosa como divertida, al escritor no le interesaba conversar sobre literatura tanto como le gustaba hablar de carpintería, y cada vez que entraba en la librería lo hacía para arreglar cualquier objeto, ya fuera una silla o una caja de cigarrillos. A Joyce le crispaba la actitud de su colega, “Zapatero a tus zapatos”, decía, pero ella defendía que “tener una afición como esa es muy bueno para cualquier escritor”. En cuanto a Scott Fitzgerald, me limitaré a compartir a continuación una de las cartas que forman parte del libro epistolar editado por Keri Walsh, The letters of Sylvia Beach:
*Querido Scott Fitzgerald,
No olvide que usted y la señora Fitzgerald vienen a cenar el próximo miércoles a las 8, (para conocer al matrimonio Joyce) y que contamos con ustedes. Adrienne y yo vivimos en el número 18 de la rue de l’Odéon en la cuarta planta, no hay ascensor.
Atentamente,
Sylvia Beach
(F. Scott Fitzgerald Papers, Princeton University Library)
Pocos libros de memorias inspiran tanto como este gracias al que, además, podremos regresar a una realidad en la que quizás, podríamos haber sido felices.