Librerías
Durante años he visitado librerías por todo el mundo, he leído memorias librescas y libros acerca de la historia de cada una de ellas. Nunca imaginé que, con el paso de los años, yo misma estaría al frente de la librería con la que había soñado.
Las librerías no son lugares de resistencia, al menos no lo son para mí, pero sí son uno de los pocos lugares que aún están a salvo de la crispación latente en las calles, además de ser un punto de encuentro que, para muchos, es su lugar seguro. Lugares en los que los libros nos reúnen y las conversaciones nos llevan de una lectura a otra, obrando el milagro de conectarnos con la realidad incluso más que cuando estamos viviendo en ella.
Antes de convertirme en librera, hubo libreras y libreros que me enseñaron a leer de otra manera. O me enseñaron a leer, sin más. Y entre ellos estuvo Sylvia Beach, por supuesto, inspiración de tantas vidas. Su historia y su manera de entender la vida de su librería parisina, Shakespeare and Company, plantaron la semilla mucho antes de que Amapolas en octubre existiera. Antes de que yo supiera que algún día tendría una librería.
Amapolas en octubre ya es historia, pero siempre quedará en mí la librera que fui. He aprendido de los lectores y de los autores que he conocido. He aprendido a escuchar más allá de las palabras. He comprendido que tener un librero es lo más parecido a tener un médico de cabecera: alguien que escucha, atiende y conoce lo suficiente a sus lectores como para encontrar el libro preciso para cada momento. A veces, incluso, para cada dolor.
En la agenda de cualquier lector están anotadas sus librerías favoritas. Aquí hablaré de las mías.