RETRATOS DE AUTOR
La lectora que soy ahora le debe mucho a los escritores que he leído desde niña. Todo empezó con Louisa May Alcott —esto no es ningún secreto— y, desde entonces, gracias a amigos, libreros y prescriptores fortuitos, he descubierto a muchos de los autores que, con el tiempo, se han convertido en lo más parecido a un compañero de vida.
Al principio, no me paré a preguntarme nada acerca de la vida de quienes firmaban los libros, pero, con el paso del tiempo, aprendí a leer más allá del texto y a buscar —a veces sin pretenderlo— los lazos que unen a cada autor con el relato que escribe.
Después llegaron las cartas, los diarios y los libros que otros autores dedican a sus escritores idolatrados. También las biografías y los libros de entrevistas, como uno de mis favoritos, Una vida en palabras, de Paul Auster.
La admiración por la obra de un autor no siempre se extiende a su vida, pero hay algo adictivo en la curiosidad por querer saber más. A muchos de ellos no los habríamos elegido como amigos, pero no por ello tenemos la obligación de relegar sus libros al rincón más oscuro de la estantería, una afirmación que probablemente muchos no compartan y que yo defiendo hasta que alguien me haga cambiar de opinión.
Aprender a separar al autor de su obra es también una forma de entender que la creatividad nace en la lucidez, habite esta en la oscuridad o en un lugar luminoso.
Invitaré a este rincón a algunos de mis autores favoritos, muertos la mayoría de ellos, y, a través de sus vidas, quizás despierte el interés de los lectores. Quién sabe si mis relatos os llevarán a descubrir a vuestro futuro escritor favorito. Los caminos de la literatura son enrevesados.