Hace unos meses, estaba buscando información para escribir un artículo y, cuando tecleé Sylvia Beach en el buscador, me encontré con una entrada: Hotel Sylvia, Newport, Oregón. Me llamó la atención porque, a pesar de que Newport no sea un destino común ni conocido por mucha gente, es un lugar que yo he tenido la suerte de visitar en varias ocasiones. Y del que siempre me despido con la promesa de regresar.
La costa oeste de Estados Unidos es más conocida por ciudades como Los Ángeles, San Francisco e incluso Carmel-by-the-Sea, que tuvo a Clint Eastwood de alcalde. Pero las bellas playas del océano Pacífico no son propiedad exclusiva de los californianos y las aguas bravas moldean con idéntica belleza las costas del estado vecino, Oregón. El lejano oeste. Un lugar que visitó John Steinbeck durante sus viajes con Charley por el territorio norteamericano y en el que se quedó atrapado por culpa de una avería en su coche. A lo largo de la costa apenas hay grandes ciudades; pequeñas poblaciones, a veces meros lugares residenciales, calles breves y casas ocultas entre los bosques salpican las playas hasta llegar al estado de Washington. Entre todas las que he visitado, Newport es la más grande. Está ubicada junto a Nye Beach y su población ronda los diez mil habitantes. Supe en este viaje que la única librería que había en el pueblo había cerrado sus puertas.

Mi destino cuando visito esta zona del país está más al norte y es bastante más tranquilo, con apenas dos mil habitantes. Por esta razón me sorprendió descubrir que en un lugar tan remoto hubiera un hotel que homenajeara a mi admirada Sylvia Beach, ya que ni siquiera hay constancia de que la librera norteamericana pisara aquellas tierras.

Conversé con uno de los trabajadores durante mi visita. ¿Alan? Perdí la libreta en la que apunté su nombre. Me contó que fueron los antiguos propietarios quienes le pusieron el nombre y que, en la última remodelación, los nuevos propietarios respetaron gran parte de las habitaciones. Ellos no suelen estar. Creo que, si yo tuviera un lugar como este, nunca saldría de él.
Me crucé con algunos clientes; todos caminaban sonrientes por las zonas comunes. ¿Cómo no sonreír? Un par de personas disfrutaban de la lectura en las sillas Adirondack de los balcones con vistas al océano. A pesar de ser sábado, la playa estaba tranquila y apenas llegaba ruido del exterior, nada que rompiera esa calma que parece formar parte del estilo de vida de este estado. Una tranquilidad imposible en Shakespeare and Company, la librería que Sylvia Beach abrió en París, aunque no tiene sentido comparar ambos lugares. Uno parece un refugio del otro.

Los autores dan nombre a las habitaciones: Ernest Hemingway —cómo no—, Jane Austen, Maya Angelou… Mi encantador anfitrión prestaba atención a las historias que le contaba acerca de la vida de Sylvia y de cómo había inspirado mi ya antigua librería. Logré contagiarle mi entusiasmo y me invitó a visitar una de las habitaciones.
Abrió la puerta del dormitorio de C. S. Lewis. Cualquier cosa podía suceder. Me divirtió descubrir que no faltaba detalle alguno, ni siquiera un armario con algo de magia en su interior. Según me contó, todas las habitaciones contaban con un escritorio, una pequeña librería con los libros del autor que la habita y algún detalle que invita a sentarse a leer o escribir.
El hotel, supe después, organiza eventos literarios y talleres de escritura a los que llegan aspirantes a escritores desde todos los rincones del país o, como es mi caso, del mundo.
—Si este lugar estuviera cerca de mi casa… —susurré a mi acompañante mientras caminábamos por los pasillos.
Me quedé un rato en el hall del hotel, que hacía las veces de biblioteca. Me senté en una de las butacas de piel a ojear algunos ejemplares. Los libros están a disposición de los visitantes y se pueden ojear o comprar, a no ser que tengan una pegatina que indique que no están a la venta, como sucede con The Letters of Sylvia Beach, editado por Keri Walsh, la responsable de esta antología.

Yo me llevé un ejemplar de O Pioneers!, de Willa Cather. Ya tenía una copia en casa, pero esta era una edición especial que, además, estaba dedicada por la lectora que la había dejado allí: Deborah, de Wisconsin. Año 2006.
Dos semanas después, durante un viaje por carretera por Nueva Inglaterra, visité la tumba de Cather y llevé mi libro conmigo, pero esto lo dejo para otro capítulo.