May Sarton llega a la vida de aquellos que están preparados para recibirla. Y a mi vida llegó en el momento perfecto. Cuando leí Anhelo de raíces sentí que yo podría haber escrito ese libro, algo imposible, teniendo en cuenta que se trataba de un libro de memorias. Desde entonces, he vuelto a él en no pocas ocasiones. Después continué con sus diarios, con algunas novelas y con su poesía que, en parte, recuerda a la de Mary Oliver. May Sarton es presentada como autora norteamericana, aunque en realidad nació en Bélgica en el año 1912, antes de mudarse a los Estados Unidos con su familia, y falleció en Nueva Inglaterra en el año 1995. Fue novelista, poeta y memorialista. Y no se puede concebir su obra sin mencionar su amor por la naturaleza y su manera de entender la vida solitaria.
Desde que se mudara con su familia a Boston, Sarton vivió en Nueva York, Inglaterra, París y Nuevo México. En sus viajes conoció a Virginia Woolf y a Katherine Mansfield, pero siempre fue distante con la vida de los otros. Tras la muerte de su padre, rompió su relación con Judy, su pareja durante más de una década, y se mudó a Nelson, New Hampshire. Sobre aquella relación escribe en uno de sus diarios, Diario a los setenta.

Durante mi último viaje a Nueva Inglaterra conduje hasta Nelson. Había localizado la casa en la que la autora había vivido a través de imágenes de archivo y más o menos tenía claro dónde estaba ubicada. Cuando llegas a Nelson por la carretera principal, antes de darte cuenta de que has entrado en el pueblo ya lo has dejado atrás. El pueblo es una calle en la que apenas hay una decena de casas, una galería de arte que, para mi desgracia, estaba cerrada, una pared repleta de buzones de los vecinos que viven entre los bosques que se alargan a lo alto y a lo largo de las estrechas carreteras, la iglesia que conocimos en Anhelo de raíces y, frente a ella, un cartel enorme con letras cuadradas que anunciaba que el viernes era noche de helado. A quién iba dirigido ese anuncio es algo que todavía me pregunto.
Caminé no más de treinta pasos y me paré junto a un árbol, delante de la casa que conocimos a través de sus escritos. Observé desde la distancia la ventana e intuí la sombra de la mujer menuda que pasó años rehabilitando el interior para terminar mudándose a La casa de la playa, en York, en el vecino estado de Maine. En cualquier otra circunstancia me habría acercado hasta la puerta para presentarme, para preguntar, para contar… Pero no lo hice. Y esto es raro en mí. Ni siquiera tuve el impulso de hacerlo. Recordé aquella cita de Sarton que decía que ningún vecino de Nelson se presentaría en la puerta sin avisar. Y yo, aunque no fuera vecina, quise fingir ser un poco de Nelson. Además, necesitaba algo. Un escrito que presentar a la persona que me abriera la puerta. Una razón que me invitara a entrar. Un motivo. Y en el viaje de vuelta a mi hotel, lo supe…
«En aquel primer fin de semana establecí el rito de la cena. Cuando me sentara a la mesa, tenía que haber flores; debía haber una botella de vino y que la mesa estuviera puesta con esmero, como por el mejor sirviente. Un libro abierto para poder leer, el equivalente a la conversación civilizada para un solitario. Todo estaba preparado como para recibir a un invitado y el invitado de la casa iba a ser yo.»
Después de abandonar la desértica calle de Nelson, puse rumbo al cementerio. Aparqué junto a la entrada principal y, al salir del coche y escuchar el silencio, pensé: «Así que esto es lo que significa descansar en paz». Guardé un lapicero en el bolsillo de mi chaqueta y anduve entre las lápidas. Tenía más o menos las indicaciones del lugar exacto en el que estaba su tumba; además, contaba con la pista de que en la lápida de May había una escultura de un fénix que había esculpido para ella su amiga Barbara Barton veinte años atrás. Un ave que siempre había estado presente en su obra, como ejemplo de resiliencia y de resurgir de las cenizas. Conocí un fénix es el título de una de sus autobiografías.

Cuando vi las alas del fénix desde la distancia, me puse nerviosa.
—Por fin nos conocemos, querida May —le dije.
Y acto seguido dejé el lapicero sobre la tumba.
—De mi parte y de parte de los amapolers del mundo —aclaré.
Me quedé un rato ahí quieta. Pensé en lo mucho que ha cambiado mi vida desde el día en el que May y yo nos conocimos en su libro, y recordé todas las veces en las que, desde un escritorio en Madrid, había planeado viajar hasta allí. Qué lugar tan increíble había descubierto gracias a ella.
Empezó a chispear. Las nubes negras empezaron a amontonarse sobre las copas de los árboles que, de tan altos y frondosos, hacían la función de toldos naturales. Conduje lenta por la estrecha carretera, alerta por si un ciervo o cualquier otro animal del bosque decidiera salir a saludarme. A medida que las sombras desaparecieron de mi espejo retrovisor, el sol empezó a asomar en el cielo. Fue como si May hubiera querido que conociera las vicisitudes de aquel lugar tal y como ella lo había conocido.
Cómo una persona acaba perdida en un lugar tan remoto es algo que no comprendí hasta que llegué allí. Su escritura, su obra y su capacidad para observar y habitar en un mundo que ella creó a su antojo cobraron todo el sentido.
Lo primero que hice al regresar a casa fue leer algunas páginas de Anhelo de raíces y el relato fue bien distinto al que había leído en otras ocasiones. Ahora la casa tenía una personalidad definida en mi memoria, el aire que flotaba entre las páginas olía distinto y la luz que atravesaba la ventana era la misma que a mí me había iluminado aquella tarde de septiembre. Tan solo durante un instante.
DEDICADO A LOS AMAPOLERS
17 comentarios
Gracias, emocionante otoño con Laura Amapolas y May Sarton.
Que bien poder seguir teniendo contacto con tu mundo Laura.gracias
Una vez más, el otoño vuelve a ser especial 🍂💙
Gracias, gracias, gracias comenzaré el otoño con May Sarton
GRACIAS, qué regalo ❤️🍁